Textos I #10
El hombre suele recorrer su vida inclinado hacia delante: animal torvo, pusilánime, jadeante y ávido.
Sometido al requerimiento de sus hambres, su actividad se subordina al propósito prescrito. Los golpes atropellados de su sangre asordan sus oídos. La solicitud del sustento limita su visión. Su percepción lucrosa talla los bloques de presencias a la medida de su afán y de su empeño.
Recelando incesantes peligros, sus múltiples urgencias acechan las amenazas que lo espían y sus apetitos tuercen sobre el mundo circundante su atención adherida a la meta. Extravasado, así, en los actos que prodiga, el hombre se desparrama en un fluir centrífugo. Su conciencia es espejo transeúnte de objetos.
Inmerso en la baraúnda que lo aturde, el hombre se ignora a sí mismo; pero todo silencio lo rapta a su trivial asilo. Basta que propicias circunstancias suspendan el engranaje de sus actos y le permitan detenerse, quieto, absorto, sorprendido, para que la conciencia emerja de su sueño, como asciende, a través de ocultas grietas, un bullicio de aguas subterráneas.
El hombre escucha atónito el rumor de su ser, ese fluir de claras linfas que esconde el estrépito del día. Espumas irisadas florecen en su breve aurora.
En la placidez fluvial de su remanso, la conciencia, eximida de su servil tarea, se vuelca hacia su propio centro y se vierte sobre su propia esencia. Internada en la espesura de sí misma, la certitud de su existir la deslumbra.
Desde el solio de la dubitación vencida, la conciencia regenta la suma de las cosas. En torno de su inconcusa afirmación, el universo instala sus arquitecturas transitorias. Su evidencia conforta la vacilante fábrica del mundo. En espacios interiores, su gesto traza la órbita de los elementos mensurables.
La certitud que la ilumina, al interrogar su rostro, no se sustenta en atributos que un raciocino le conceda. La certitud es evidencia interna al acto que la funda. Existir es, en efecto, el modo como la conciencia se vive en su instancia postrera; la existencia es el acto unívoco de su irrestricta posesión. La conciencia adherida no se define como cosa existente, sino llama existencia su adhesión a sí misma.
Sobre la tautología que atestigua su autónomo existir, la conciencia establece pretensiones a la legislación del universo. El esquema de su adhesión a sí misma es la forma universal de su aprehensión categórica; y el principio de identidad no es axioma que regule su evidencia, sino fórmula empírica de su evidencia inmediata. La razón traduce en normas la constatación del hecho.
Pero no basta a la conciencia moldear el universo en su esquema de identidades racionales; la dificultad de imaginar un ser heterogéneo a su existir favorece la lisonja que la promulga en universo. Entregada a su ambiciosa empresa, dueña del cálculo y del mito, la conciencia anima la inercia de las rocas y asigna el rumbo de los astros. Cuando la imaginación cansada abdica en la razón el gobierno de su más sublime extravagancia, el universo cede a la presión astuta que lo labra en poliedros diamantinos.
Insobornables asperezas rechazan, sin embargo, su insolencia; la heterogeneidad la espanta con su irracional murmullo. Las constantes, las propiedades emergentes, los individuos, la humillan. La conciencia tropieza contra las murallas del mundo. El vigor mismo de su vuelo invasor, al rebotar contra la dura sombra, precipita entonces su regreso. La conciencia refluye hacia su reducto certero. En torno suyo, las presencias exangües recobran su intacto misterio. Impotente y pávida, liquida su triunfo.
Nuevamente la totalidad que la circunda reitera sus interrogaciones silenciosas. Formas autónomas de ser cruzan sus cielos interiores. La opacidad de la materia la afronta en inmóvil rebeldía.
Quizás pudiera confortarse en su derrota, urdiendo proyectos más sutiles, si un temblor no devolviese al polvo los últimos escombros. Bruscamente la conciencia advierte que la identidad no es principio que trascienda toda determinación del pensamiento. Lo contradictorio no es impensable, ni irreal, sino exterior al recinto que sus categorías coordenan. Su pretérita soberbia la deserta inerme ante la insurrección de las cosas.
Replegada sobre su posición primera, confinada en la penuria de su certidumbre perentoria, es inútil que se yerga para proclamar, ante el vacío, el incorruptible testimonio de su ser, si la misma evidencia le revela, en el mismo solitario instante, que su cándida existencia es una existencia arbitraria, un ente que ninguna razón cauciona, el grito de una garganta ausente, la presencia gratuita que mancha la lisa oquedad de la nada.
En el preciso instante en que no le cabe dudar de su existencia, la conciencia advierte que nada liga su existir inmediato a su existir distante, que su existir presente sólo se yuxtapone a su previo existir, que su existir actual no asegura su existir futuro. Existencia repentina que ni el momento anterior postula, ni el momento posterior garantiza; suma fortuita de constataciones instantáneas, como los eslabones inconexos de una cadena fabulosa. Circunscrita en su evidencia, la conciencia oscila sobre un abismo que su acto constitutivo insulta y manifiesta. Aislada, en fin, en la estricta afirmación de su existir, exenta de obligaciones explícitas, abandonada a su fiera libertad, pero vertiginosamente abierta a las ráfagas de la noche ilusoria, la conciencia es el proscrito misterioso de toda estancia duradera.
En esa luz helada, el hombre se conoce como un ser sitiado por la muerte. Su vida se despliega en sucesión indefinida de precarios eventos, imprevistamente redimidos. Morir es la expectativa lógica del ser que ninguna necesidad sujeta, y cuya existencia no traspasa el recinto donde su evidencia la enclaustra.
Corroídos por la angustia, la desesperación nos destruiría, si la ciencia de nuestra condición no fuese un fulgor que raya el sosiego de la conciencia desasida.
Presencias circundantes instan, pronto, nuestra menesterosa actividad a reanudar su compasivo estruendo. Las urgencias aplacadas reiteran sus solicitudes acerbas, y colaboran con nuestra cobardía a restaurar nuestra insipiencia. El ademán que reasume la tarea interrumpida empuja hacia el fondo del ser la clara evidencia, y obtura las siniestras grietas.
Pero el hombre no borra la obsesión de la muerte, aun cuando se consagre, enajenado y reverente, a la consecución de sus empeños cotidianos. Continuamente, en torno suyo, otras vidas resbalan sobre el universo intacto hacia la avidez de la tierra. En el silencio indiferente voces intrusas agonizan. El hombre habita una manufactura de cadáveres.
Sin embargo, la presentación nocional de la muerte, ajena o propia, se manifiesta inserta en circunstancias que mitigan su crudeza.
La muerte ajena se pliega a la ausencia, y substituye el horror de la desaparición irrevocable con la nostalgia de un eclipse temporal. La innocua cesación en el tiempo reemplaza la caída vertical fuera del tiempo en un incongruo espacio.
La experiencia de innúmeras muertes enseña al hombre su condena; mas, durante los años que preceden su inminencia, el hombre vive su muerte como cifra. Nada corrige el escepticismo de sus huesos. Una convicción lógica no mella la impoluta confianza de la vida. El hombre es un ser inmortal apto a morir en cada instante.
Sin embargo, lo que preserva al individuo no es su perplejidad ante el indeterminado vencimiento, sino la imposibilidad de imaginar su agonía. La muerte lo sorprende como imprevista aplicación de un principio; y nadie logra ajustarla a su destino, porque nuestra vida personal no se desata en ella. Toda existencia fenecida es frase que al azar interrumpe antes de que haya proferido su plenitud inteligible. La muerte es instancia de la especie; para afrontarla el individuo inmigra en la caterva humana. Siempre el estertor postrero prorrumpe de una carne mostrenca.
En cada hombre muere la condición humana. El espasmo final nos hermana al animal pavorido. Antes de disolvernos en la sombra anónima, retornamos a la matriz indistinta. Los rasgos irreemplazables, las adquisiciones del empeño y del azar, la compacta soberbia del ser individual, se consumen en llamas convulsas, como antorchas de paja bajo la embestida del viento. El cadáver, que aún sufre, ignora ya lo que constituyó su orgullo. La humillación de una confraternidad total precede la humillación del polvo.
Sólo el envejecimiento provoca la postrada anuencia del hombre al mero silogismo que lo hace mortal. Sólo palpamos el incorpóreo cuerpo de la muerte cuando la carne se esponja en ascosas blanduras. El primer impacto de la vida sobre una sensibilidad endurecida destapa la futura fosa. Cada instante que repentinamente patentiza el progreso de los años exhala un acre olor mortecino. El acto espasmódico y retráctil, por medio del cual la vejez se conoce a sí misma, hinca su fina extremidad en nuestro corazón amotinado.
Pero no son las postrimerías de la vejez, no son las últimas afrentas, no son los gritos que arranca a un ser previamente envilecido, lo que atribula nuestro descenso infernal. La senectud provecta, que encierra al miserable en su anillo de silencio, sólo entrega a la muerte un cadáver amortajado por la vida. Más sombrío es el proceso que redacta el catálogo de nuestras sucesivas impotencias.
Atados al patíbulo del tiempo, asistimos a la profanación de los años. Los sentidos embotados expulsan al universo circundante. Improvisas prohibiciones restañan nuestra lozana alacridad. Un leve sacudimiento basta para raptar a nuestras manos su presa rebelde y codiciada. En la vítrea frialdad de otras pupilas se espeja nuestra irremediable decadencia. La preferencia irresistible se torna en reverencia meditada. La ternura espontánea se empobrece en lealtad agradecida.
Pero si consistiera sólo en la porfiada fuga de las cosas, la vejez sería menos atroz. Envejecer no es sentirnos constreñidos a declinar la promesa de poseer el mundo, sino encontrarnos insensibles a la perdida posesión. Envejecer no es sucumbir a la cauta violencia que hurta nuestros bienes, sino dejarlos rodar de nuestras manos negligentes y laxas. Envejecer no es meramente estrechar entre los brazos una terrible ausencia. La vejez lerda que el tiempo vanamente insulta, la vejez necia que se agarra a las sombras, la vejez fatua que ignora su cuerpo de escarnio, son vejeces que deshonran la vejez. Para salvar su dignidad minada, la vejez lúcida anticipa su abdicación forzosa. La vejez lúcida se rinde al desdén.
Una tibia indiferencia corre sobre la faz del mundo. Todo parece inmóvil en la tarde quieta, pero la luz se opaca. Nada ha cambiado, sólo su esplendor se amortigua. La púrpura se funde en la penumbra; la flor gualda se agosta en su forma intacta y en su intacta pulpa. Las cosas preparan ya su fuga, pero aún suspenden su vuelo vacilante. La fruta tiembla aún en la cima de su curva.
Ah! nuestra fuga precede toda fuga.
Navegamos a la deriva de los años, llevando como lastre nuestra inercia indiferente. Nada despierta nuestra curiosidad enmohecida; nada atiza nuestro amor. El afán de saber se aquieta en la admisión de la ignorancia; la ambición se cumple en la posesión de sus reveses; la inquietud se sacia con haber sido inquieta vanamente. Fluimos con linfas perezosas que la indolencia de la tierra vierte hacia el espesor del mar.
Mas el letargo del alma que deserta no es acatamiento resignado a la consumación inescapable. Su apático abandono, su dejadez glacial, no son renuncias que adelantan la dimisión que la vejez impone. La decadencia de nuestra carne corruptible publica el escándalo; pero la senectud no es substancia del fracaso, sino intrusa que delata su lealtad impía.
La vejez prematura ostenta la absorción, por la sangre y los huesos, de la hez de infortunio que la vida acumula. En la indiferencia de la edad viril, la experiencia, acendrada en los estratos inconscientes, expresa su sabiduría feroz. Para descubrir la vigilancia de la muerte, la vida no precisa chocar contra la vejez apostada en las brechas del cuerpo. Es en la herida de su deseo insatisfecho que el hombre afronta su impasible compañera.
El hombre es una avidez desatada sobre el mundo, una aspiración que trasciende toda órbita, un empeño de empresas inmortales, un apetito de esencias y de bienes. El hombre es el ser que codicias infinitas alzan a terribles rebeldías. Pero el hombre es el ansia que la sal no satura, el afán que nada abriga, en anhelo que se quiebra, el hambre que ignora el hartazgo. Ciegos bandazos lo acarrean de un propósito frustrado a un deseo que se malogra. La ambición se sofoca en las cenizas de sus galas. Los prestigios de la carne se consumen en la lividez de la aurora. El infortunio roe la estéril pulpa de su dicha.
Todo es muerte en el hombre; muerte emboscada; muerte furtiva.
Somos sangre de lémures, sangre de larvas.
Nuestro terrible aprendizaje es la suma de nuestros designios abortados. Las hambres reprimidas nutren nuestra experiencia de la muerte. El fracaso es la sombra del deseo sobre la felpa de la tierra.
La vida suele revocar con las alternancias del fracaso las alternancias del deseo. Para arrojarse sobre la presa deleitable, el hombre se yergue sobre la preterición de sus desastres. La vida es hueca, huera, vacua, horadada de cavidades y vacíos como una esponja migratoria. Dávida absurda de la nada a la que la nada satura con sus aguas. Refugio inane contra la intrusión del destino.
La soberbia de transitorias arrogancias no esconde la permanencia de la angustia, porque la muerte no es mera extinción final, sino espiración que acompaña y equilibra cada aspiración de la vida. La muerte no sólo señala un rumbo a nuestros pasos, sino también escande su metro tedioso. La muerte no es tan solo la extranjera que aguarda a la vera del camino, sino el huésped que nuestro ser hospeda.
La vida no es el intrépido contrincante de la muerte, sino la equívoca fusión de la existencia y de la nada. La vida es temporaria paciencia de la muerte. El hombre es evasión transitoria de su futura podredumbre.
Sin embargo, el único animal que sabe que tiene que morir, el animal adscrito a continua mudanza, el animal burlado por su obstinación quimérica, el animal que sólo palpa materias corruptibles, inventa la inmortalidad.
El hombre que muere, el hombre que es muerte; el hombre que presencia la invalidación de la esperanza, la abolición de la promesa, el nugatorio cumplimiento de su anhelo; el hombre que contempla y mide la extensión de las estrellas, que pesa la inestabilidad de las substancias, que prevé la declinación del universo hacia un estéril mar; un ser que todo huye; un ser de fuga, de abandono; un ser deleznable, lábil, quebradizo y frágil; un ser arbitrario que la oquedad engendra y la oquedad absorbe; ese ser misérrimo sucumbe a la ilusión más ambiciosa, profiere la afirmación más grotesca.
Será, en verdad, posible que fracasen los anhelos circunscritos en terrestres posesiones, y que el anhelo que trasciende toda condición conocida se cumpla? -Será posible que una existencia sin amparo y que gratuitamente se prorroga, de instante en instante, para que la muerte, al fin, la acoja en su siniestro abrigo, será posible que esa existencia insegura y débil, bruscamente, en plena consumación de su catástrofe, asuma un cuerpo incorruptible?
No será más verosímil suponer que la angustia trama mitos compasivos? -que la inercia de la imaginación prolonga, allende el silencio repentino, nuestra existencia usual? -que la dificultad de imaginar la cesación de toda cosa se aúna al pavor del animal recalcitrante para engendrar ese espectro?
Teoría burlesca, hija del sueño que reitera la aparición de sombras esfumadas, hija del terco amor que espera un retorno ilusorio, hija de una voz secreta que asciende con los cipreses funerales.
Pero si nada responde al clamor del hombre que ronda las sepulturas primitivas, si nada contesta a la invocación de las cavernas sagradas, si el eco acalla la carne abandonada que aúlla a las estrellas; la razón cautelosa, que coloca los diminutos cubos de su raciocinio, no edifica menos incongruas pruebas. Limitada a tareas subalternas por la bajeza de su origen, el mismo rigor de sus actos la ata más firmemente a la tierra. Su precisión denuncia las analogías elocuentes de sus claudicaciones.
Pero si la razón proscribe sus propios argumentos, no basta la externa validez del testimonio para fundar la credibilidad de una revelación religiosa. Ante dogmas heterogéneos a la experiencia humana, el hombre se abstiene como ante proposiciones proferidas en idioma que ignora. La revelación supone un substrato previo: hallazgo de la experiencia, materia del pensamiento, presunción del espíritu, que organiza, informa, o sanciona; pero la revelación no es ácido que muerda sobre la inanidad de un grito, sobre la oquedad de un raciocinio trunco.
Si el hombre disfrutase de una experiencia prefigurativa, de un atisbo significativo y traslaticio, poco importaría entonces la incompetencia de una razón muda ante el ser y sus especies, consagrada solamente a la coherencia entre términos que ni postula, ni deduce, ni comprende. La doctrina de la inmortalidad no anuncia, en efecto, la autenticidad de un hecho más escandaloso, en sí, que el bruto existir de la conciencia, que el bruto ser del ser, que el hecho, en fin, absoluto y último de haber algo preferentemente a no haber nada. Pero la inmortalidad del alma es frase huera, estructura sonora que no coincide con estructura significativa alguna, si en algún rincón de la conciencia nada nos señala su rumbo, si no existe indicio de su región posible, especie en que consagre sus terrestres primicias.
Si el hombre necesita conocer presencias inmortales, no es para que vagas analogías lo conforten, sino para atribuir un rudimento de significado a la promesa. Si carece de experiencia perentoria, el hombre nada dice cuando se proclama inmortal.
Nada parece, infortunadamente, escapar a la muerte; todo, tarde o temprano, se derrumba en el yerto silencio. Los objetos materiales perpetuamente fluyen hacia la indiferencia postrera. La materia entera es mito donde la razón refugia el misterio que la afrenta. La población exangüe del firmamento axiomático difícilmente esquiva su origen arbitrario o empírico. La conciencia cesa con el individuo que muere, o sólo subsiste como postulado de otra carne. Si las constelaciones iluminan el ocaso de la tierra, ninguna luz preside el ocaso de las constelaciones.
La nada emerge impoluta de sus errores transitorios.
Sordo, así, a todo misericordioso engaño, averso a la lisonja tediosa del orgullo, ni vanamente rebelde, ni vanamente confiado, el hombre desespera ante ese universo igualmente insensible a su silencio o a su voz.
El hombre adosado a la nada afronta la nada infinita.
Repentinamente, sin embargo, en su más acerbo instante, apoyado sobre el suelo de su desesperación helada, el hombre, repudiado, vencido, derrelicto entre escombros, descubre, con fervor y pavura, ocultos en la hez de la experiencia, escondidos en las entrañas clandestinas del desastre, los rastros de una insólita evidencia.
Cuando más brusca es la quiebra de su anhelo, cuando la realidad aplasta la ilusión con más irónico ademán, cuando abominablemente se confirma la convicción del fracaso, cuando lo absurdo frustra el goce más cercano, cuando en el centro, en el secreto corazón, de todos sus empeños crece la ausencia hueca, la ausencia impía del bien que busca; inesperadamente, en la evidencia misma de la ausencia, el imposible objeto de su sueño plasma su existencia misteriosa y su presencia perentoria.
Lo que tiene por esencia no morir es la perfección inexistente de las cosas deseadas.
El deseo, el deseo que fracasa, el deseo que tiene por destino fracasar, el deseo que la vida sofoca y resucita, el deseo inmortal que nos tortura, es nuestra clandestina facultad de percibir la inexistente perfección del mundo: la perfección que escapa al vuelo del deseo, pero que la dura tensión de sus alas delata y manifiesta.
El hombre no desea los simulacros que la posesión le entrega. Si el objeto del deseo sólo fuese el objeto que nuestra posesión alcanza, si el objeto del deseo sólo fuese el objeto de nuestra percepción obtusa, el hombre no desearía con el terrible ardor con que desea; el deseo no sería la carne trágica del mundo.
La intensidad fiera del deseo no mide nuestro desengaño, sino el resplandor del objeto. Su energía, su fuerza, su violencia, no son pujanza y bríos de internas urgencias animales; la vehemencia de nuestras hambres infinitas es contestación que el objeto evoca, respuesta a su voz que llama. El esplendor del objeto no es reflejo del deseo. El esplendor del objeto no es pretexto que brinda nuestra fiebre. El esplendor del objeto no es astucia de la vida para que el hombre sucumba a la tentación de vivir Claros prestigios convocan nuestro anhelo. Nuestra pasión atestigua la magnificencia del mundo. Todo arde en sus propias llamas, y nosotros en las llamas de las cosas.
Del torpor en que consumen su alimento, el deseo desadormece nuestros brutos apetitos. A la inquietud que la adquisición serena se substituye la inquietud que el goce irrita. A la carencia que reclama, a la abundancia que conmina, a la necesidad que exige una satisfacción cabal, el deseo impone la presencia de una inesperada plenitud externa, de una perfección imprevisible, y eternamente prevista por nuestro corazón. El apetito se sacia en la posesión que lo mata, el deseo inmortal asciende de la posesión que lo hiere.
El apetito no culmina donde halla su clara rescisión, pero todo lo que nos expone a la agresión carnal del mundo favorece la percepción significativa de las cosas, la conminatoria alborada del deseo. Como la sensación a la interpelación de los signos, el deseo contesta al llamamiento de los significados. Desear es haber cedido a la presión inteligible de una significación patente. El hombre no desea ni el falaz objeto que sus manos logran estrechar, ni una adventicia claridad que el deseo mismo proyectara sobre la neutra superficie; el deseo es la manera de espejarse, en nuestro ser total, la esencia de un objeto.
Perfección individual que mora detrás de su existencia, acto primigenio antepuesto a su mera potencialidad empírica, ser total donde el ser parcial se corona, la esencia del objeto es la plenitud concreta, la plenitud colmada, la tierna pulpa intacta. La esencia es la anterior y previa florescencia de la promisión de toda cosa.
La esencia es el objeto mismo redimido de las limitaciones que lo oprimen. El objeto completo, intacto, puro. La validez de todos sus indicios. La curva que clausura sus formas. La límpida evasión de sus ramas. La penumbra donde su opacidad clarea, donde savias cristalinas hinchen sus raíces y sus venas. El contorno ceñido que lo ata a su embriaguez de plenitud.
El objeto del deseo es la esencia del blando ser que nuestra sed persigue, de la presencia material que fascina nuestro asombro, de la ocasión fugaz y pura donde nuestro temblor se alberga como en la frescura del follaje.
El deseo es la aprehensión del ser inexistente; no del ser sin realidad, sino de la realidad sin menguas; de la realidad que la existencia no mancha, ni mancilla. El objeto del deseo es la trascendencia individual de cada objeto, fuera de nuestra existencia irrisoria, fuera de nuestra vida escarnecida, fuera de nuestra muerte.
En su condición desposeída el hombre no percibe la esencia como plenitud concreta, sino como deseabilidad abstracta. La esencia individual ausente ostenta su evidencia en la llaga del deseo. Su presencia actual sería coronación del anhelo; su ausencia llana, neutralidad del ser indiferente; su presencia en la ausencia es su condición del objeto terrestre y deseado. La aparición del deseo revela una presencia que lo evoca y una ausencia que lo frustra.
Si el deseo, la codicia, la pasión, sólo nos entregan en el terrestre objeto la terrible transparencia de su materia inmortal; basta que nos detengamos ante cualquier presencia, desasidos sin revocar nuestra pasión, desinteresados sin repudiar el interés, absortos en contemplación serena sin suprimir el deseo, amalgamando, en fin, al amor que desimpersonaliza la indiferencia que objetiva, para que repentina y misteriosamente la esencia se libere de sus prohibiciones impalpables y rebose en su cuerpo tangible. El hombre traspasa la ausente presencia de su anhelo y percibe, palpa, posee, la carne única y sensual del supremo bien.
Compacto bloque de pasado, excluso de remotos archipiélagos, que una alusión evoca, con su trino silvestre, y precipita en las frondas del presente. Insólito viajero que confía a nuestro corazón diurno su eternidad de un instante.
Anhelo jubiloso que vacila sobre el borde de su seguro cumplimiento, y absorbe en el presente real de su promesa la futura vendimia.
Mundo oculto en nuestro mundo transparente; blancura de una espalda en la floresta umbría; pureza del estanque bajo las ramas inclinadas.
Árbol que ostenta al sol de la mañana los cristales de la nocturna lluvia; quieto fulgor del mar entre troncos retorcidos; silencio en que se dora nuestro fervor desnudo.
Ancho horizonte de colinas bajo el opaco verde de los robles; valle que oculta entre sus sombras un desgranar de fuentes repentinas.
Primavera de la más clara primavera; verano que prodiga las pompas del verano; otoño de las mieles del otoño; invierno de la inmóvil primavera.
Zumo de abejas embriagadas; pan cotidiano del amor.
Carne del mundo, donde la carne resucita.
Es en el fracaso mismo; es en la oscura senda de su frustración y de su engaño; es en la materia deleznable, en la tierra friable, en la arena lábil; es en lo voluble, en la mudanza, en la blanda carne amenazada, donde el hombre halla el firme suelo de sus sueños.
Mito que el corazón añora y adivina, que el hombre ignora; pero que tal vez su terco fervor no desearía si no fuese prometido a su ardiente posesión.
Gómez Dávila, Nicolás. Textos I. Bogotá: Editorial Voluntad, 1959.
Gómez Dávila, Nicolás. Textos I. Bogotá: Villegas Editores, 2002.
Gómez Dávila, Nicolás. Textos. Vilaür: Ediciones Atalanta, 2010.
Gómez Dávila, Nicolás. Textos. Santa Rosa de Cabal: Casa de Asterión Ediciones, 2020.

